lunes, 21 de mayo de 2012

Musa Androgina by Retamar






Retratos by Retamar






Marina Retamar por Eugenio Palma Genovez

"Ella caza mariposas" por Eugenio Palma Genovés
Revista Veintitres / Asterisco (#270)

10 de Mayo 2012                                                                                                                                                   





Marina Retamar asiste a las muestras de sus colegas artistas con una lupa. Odia perderse detalles. Ella es como un hada de otro tiempo. Pero todavía no descifro si es un hada buena. No me malinterpreten, lo digo porque suelo equiparar
bueno con aburrido, y creanme que esta artista
es todo menos aburrida.
La inspiración le llega a partir de los Pecados Capitales.
Se siente sofocada por el tema de la
mortificación del deseo. Como no podría ser de
otra manera, su proceso creativo es denso: no
actúa por impulso, acumula experiencias y sentimientos
hasta extraer la más pura esencia.
Contrasta la pesadez con métodos particulares.
“Hay una época determinada, entre primavera y
verano, que en el jardín detrás de mi edificio se
juntan a pulular las mariposas en unas flores
muy dulces. Ahí aprovecho y salgo con una raqueta
de tenis a cazarlas. También aparecen libélulas,
moscardones, y demás bichitos, algunos
me pican y está muy bien que lo hagan jajaja,
imaginate mis vecinos apreciando el espectáculo
de una loca corriendo mariposas con una
raqueta. Algunas las libero, otras pasan a ser
inmortalizadas en mis obras, aunque confieso
que ya no lo hago.” Marina me cuenta que actualmente
se sirve de otros elementos para
contenerse de atrapar la divinidad que no le
pertenece.
Así entonces, con lupa en mano, anda por la
vida observando todo de cerca. Nunca se sabe
cual será el próximo lugar donde encontrará
esa belleza que tanto llama su atención.

lunes, 11 de abril de 2011

El REY ES LO QUE COME


El rey es lo que come, una sinrazón de insectos pútridos, cadáveres exquisitos, delicatesen infernales. Vive para comer sedentario en su sensual desenfreno que llena de grasa su perspicacia. Despide y recibe masas amorfas de licuados internos haciendo más lugar en su estómago. Desborda la mesa de vómitos glotones que chorrean hasta el suelo. Come y no deja comer el atracón de su gula olvidando para siempre la templanza.
Se insensibilizó masticando en trance glotón y mordió sus manos hasta digerirlas y chupar los últimos huesos. Los ácidos de su estómago se enfrentan al menú mientras el sillón aguarda impaciente sostener un culo a su medida algún día. Su mesa es un recuerdo de vómitos y frugalidad. El rey le da vida a lo que fue vida, come la muerte en un turbio amanecer lleno de aquella pereza sedentaria que dan los gustos sofisticados del glotón burgués del bosque. Gula en la soledad. Pierde la mente embotado en la angustia oral, anestesiando su cuerpo con una colección de gustos fetiche que guarda su paladar refinado, satisfecho se aventura a recibir gustos que provoquen sensaciones.



Juan Ignacio Barragán Fuentes

















viernes, 10 de diciembre de 2010

El jardín de los pecados por el escritor Juan Ignacio Barragan Fuentes





El jardín de los pecados peca de soberbia, lujuria, avaricia y de la pereza larga después de un arduo trabajo obsesivo. La obra lleva lo cotidiano de nuestras debilidades,  reinventando la concepción diabólica atribuida desde siempre a estas inclinaciones nefastas del espíritu-  con el fin de transformarlas en remansos de belleza plácida, sublimando la majestuosidad de lo escabroso con una fineza nunca antes vibrada en nuestra sangre maculada. Jamás pudimos ver los pecados de esta manera hasta hoy.
La fragilidad tiene el mismo peso que la dureza, algo frágil no se puede tomar con dureza, algo duro no se puede tomar con fragilidad. Sin embargo hoy en este jardín reinan rebosante de armonía el bien y el mal, lo suave y lo duro, lo alto y lo bajo, el equilibrio y la caída definitiva, la vulgaridad y la excelencia, el poder y el sometimiento de lo demoníaco, así unidos y no separado por polos, la filosofía del jardín genera una unión cíclica poderosa y atractiva. La creación de esta raza petrificada tiene el soplo de vida gracias al espíritu de la elfina Marina Retamar que con su laboriosa y milimétrica paciencia fue confeccionando a lo largo de meses, noches, días, años, una agresividad sutil aprisionada e inmortalizada escultóricamente. La magia de la obra sube el nivel conceptual hasta confundir cualquier elemento antípoda que se presente en nuestra existencia o en la naturaleza despertando seductores pecados en los espectadores ávidos. Estas esculturas pueden hacer salir nuestra envidia o nuestra admiración desenfrenada. Cuatro de los pecados capitales que gobiernan al mundo, que manejan gustosos de su poder cualquier rumbo de hombres-masa perdidos y destructivos fueron acomodándose en la gramilla de este victoriano edén: Pereza, Soberbia, Lujuria y Avaricia, luego los restantes Ira, Gula y Envidia no fueron representados por su irrelevancia categorizados como menores ya que afectan al individuo de una manera intrascendente a la imperante maldad religiosa de estos días, a la soberbia maldad que tiene semidioses tejiendo redes invisibles que se llaman pecados.
   Hoy vamos a compartir el nacimiento de un nuevo pecado que es la consumación evolutiva del hartazgo y la alevosía de practicar los siete pecados capitales sin escrúpulos…hastiada nace la Indiferencia, el octavo pecado capital, el mayor maestro y el mayor demonio, el poder absoluto que mata cualquier tentación que se cruce en nuestro fuero interno, la indiferencia viene a sentarse en su trono exclusivo reservado hace siglos para su coronación consumando su inabarcable poderío en todas nuestras almas. Es la punta de la pirámide que faltaba, donde estos tópicos ya no son un plano bipolar sino más bien activan una energía ambigua que sirve para el sabio y para el necio que recorren indefectiblemente el camino hacia la iluminación, ¿Acaso Jesús no fue asesinado por su soberbia de poner su otra mejilla demostrando con esa actitud que ningún pecado del hombre podía destruirlo? ¿Acaso la indiferencia no es un arma que puede confundir lo bueno y lo malo unificándolos en un ciclo de vida y no como un plano chato de dos polos negros y blancos sin grises? ¿Acaso para alcanzar la iluminación  no hay que hundirse en el barro más miserable de la vida para saber aquello que no nos lleva al puerto esperado lleno de luz? ¿Acaso el sabio no es insensible, indiferente en su aislamiento voluntario? ¿Acaso el necio no es indiferente en su afán de no querer dejar entrar la sabiduría en su vida?
Saber lo malo de lo bueno. Éste concepto se explica hace miles de años por diferentes religiones que se unen de forma natural, para la purificación es necesario el pecado. Los pecados son sensibles, la gente es sensible a los pecados, la forma de superarlos es la insensibilidad hacia ellos, la indiferencia, pero también la indiferencia tiene su negativo y puede ser indiferente a la insensibilidad que se necesita para superar los pecados y no caer en ellos.
  Marina Retamar se dedicó a fusionar distintas culturas con sus tradicionales técnicas artísticas, incorporando diferentes estilos como el surrealismo, el arte barroco, oriental, tailandés, victoriano,  gótico, para equilibrar el concepto y llevarlo a una armonía religiosa, la elaboración de la imagen material está unida al proceso filosófico de la faena que transforma al ser humano en una obra de arte y lo acompaña en sus actividades. En el mismo espacio donde se puedan encontrar en íntima comodidad con estas esculturas se puede practicar yoga, meditación, kung Fu, Thai Chi, tomar una infusión de té verde o té blanco. Estos seres vibran con tónicas orientales de disciplinas delicadas y tenaces.
Con esta composición se llega al enfoque de una nueva raza amórfida donde se desvanecen los parámetros establecidos culturalmente en el bien y el mal para que de la cíclica informidad nazca una nueva visión material  de éste concepto milenario que a tantos pensadores y sabios célebres hizo inquietar por siglos y siglos en el jardín de los pecados que es nuestro planeta tierra.



  • Juan Ignacio Barragán Fuentes